Guaynabo, Puerto RicoLa semana pasada dos individuos irrumpieron en una residencia en la Urbanización Los Frailes e ultimaron a cuatro de sus habitantes, en lo que se ha denominado la “Masacre en Guaynabo”. Luego de que los dos malhechores confesaran al crimen, muchos puertorriqueños alzaron su voz para reclamar que se implantase la pena de muerte en la Isla –revelando así que aunque hay solo dos asesinos confesos en este caso, en realidad también hay millones de asesinos en potencia.

Una sala de inyección letal

Si muchos puertorriqueños se salen con la suya, ¡quizás próximamente estaremos matando gente en esta cómoda silla de inyección letal! (Aunque con ese colorcito tan feo que tiene, ahí no me cogen ni muerto) [Imagen suministrada]

Los detalles del crimen son indudablemente macabros: Christopher Sánchez Asencio, de 27 años, convenció a su amigo José Bosch a acudir a la residencia de Miguel Díaz Ortiz y su esposa Carmita Uceda Uriaco, donde mataron a estos dos, a su hijo de 15 años y a la madre de Uceda Uriaco, e hiriendo al hijo de 13 años que afortunadamente sobrevivó el ataque. La brutalidad del crimen incitó la ira de muchos ciudadanos, quienes exigieron que se revise el tema de permitir la pena de muerte en Puerto Rico. Este cambio, sin embargo, requeriría una enmienda a la Constitución de Puerto Rico, porque aparentemente nuestros antepasados tuvieron la sagacidad clarividente de no relegar una decisión tan importante a los simples caprichos de los legisladores pazguatos du jour. Aunque las estadísticas demuestran que la pena de muerte no es un deterrente efectivo para disminuir el número de asesinatos, estos boricuas declararon de todos modos: “¡Jamás dejaremos que los hechos se interpongan a nuestras ganas de limpiarles el pico a estos malparidos!”.

Una silla eléctrica de madera

También podríamos electrocutarlos, ¿vi’te? (aunque con lo cara que está la luz, eso nos saldría en un ojo de la cara) [Imagen suministrada]

Carmelo Meliá, uno de los proponentes de la pena capital en la Isla, explicó su posición: “Aunque la pena de muerte no sirva para aminorar el número de asesinatos, electrocutar a uno de estos hijuelas se sentiría cabrón, ¿verdad que sí? ¡Y eso es lo que importa, ¿no?! ¿Por qué deben ser solo los criminales quienes se pueden dar el gustazo de poder matar a quienes les tienen ganas? ¡Nosotros también queremos guisar en esos instintos humanos bajunos!”, exclamó mientras repasaba píamente sus pasajes favoritos de Levítico. “Además, es harto sabido que las mejores decisiones se toman en los momentos en que uno se deja llevar por las emociones. Por eso tengo yo aquí este tatuaje en el hombro con el nombre de mi exnovia: ¡ahora solo tengo que encontrarme otra jeva que se llame ‘Jesmareliz Maretzimar’ y San Seacabó!”.

Una horca

Aunque quizás lo mejor sería irnos old-school y colgarlos: ¡así también nos gozamos el show de verlos pataletear por par de minutos! [Imagen suministrada]

Igualmente opinó Natanael Torres, gestionador de la página de Facebook titulada “¡Colguémolos a to’s por las pelotas!”: “Eso que dijo El Chavo del Ocho de que ‘La venganza nunca es buena; mata el alma y la envenena’ son puras patrañas de liberalcito llorón afarifado. ¡La venganza es lo mejor que existe! Es más, todo nuestro sistema legal debería estar basado en la venganza: si me robas el carro, yo te robo el tuyo; si lastimas mi hija, yo lastimo la tuya; si raptas mi suegra…. bueno, ¡supongo que algunas cosas se pueden perdonar! El punto es que el lema de ‘Ojo por ojo, diente por diente’ es el que deberíamos aplicar en toda ocasión… ¡qué importa que terminemos to’s tuertos y mella’os, que pa’ eso están los oftalmólogos y los dentistas!”.

Doña Flor Mercado respondió al argumento de que la pena capital también acarrea la posibilidad de ejecutar a personas inocentes: “¡Ay, por Dios, pero si nos ponemos con tantos ñeñeñés, no podríamos jamás tomar ninguna acción irreversible con la vida de otro ser humano! ¿Qué importa si en el proceso de mandar a toda esa escoria directito al Infierno también nos llevamos arrastrá’s a dos o tres personas inocentes? Total, ¿pa’ qué darle tanto casco al asunto? ¡Al fin y al cabo eso jamás me va a pasar a !”.