Arlington, Virginia – Debido a las nuevas prácticas de la Administración de la Seguridad en el Transporte (TSA, por sus siglas en gringolandés) de palpar de arriba a abajo a aquellos pasajeros que prefieran no someterse al escrutinio electrónico, los agentes de dicha agencia han puesto el grito en el cielo, rehusando auscultar a “esa trulla de viejos verdes y gordas sudá’s”.


El punto de seguridad en los aeropuertos se ha convertido en el nuevo “hang-out” de pervertidos y solteronas

Con el propósito de añadir otra capa teórica de “seguridad” en el transporte aéreo, la TSA recientemente implementó la política de hacerle un auscultamiento físico minucioso a los pasajeros que no quisieran pasar a través de las máquinas de visualización electrónica avanzada (AIT, por sus siglas en el idioma de Shakespeare y Dr. Seuss). Sin embargo, la agencia no contó con que dicha práctica sería aprovechada por “viejos verdes y doñitas quedá’s” para ser tocados de manera íntima por los agentes de seguridad.

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Larry Craig, el atribulado ex senador por el estado de Idaho y fanático de los baños de aeropuerto, se la pasa ahora volando innecesariamente

Bertha Lawson, una rotunda mujer cincuentona de Nueva Jersey, confesó que desde que la TSA implementó estas prácticas de cateo físico ella se la pasa volando a la menor provocación para visitar a sus familiares en Nueva York. “Se podría decir que ya conozco íntimamente a los agentes de seguridad de JFK, y déjame decirte que hay dos o tres que no están nada mal. Por eso no pierdo la ocasión de rehusar someterme al escáner para que uno de esos viriles macharranes de manos fuertes y uniforme azul me toque como le dé gusto y gana”, aseguró lujuriosamente la solterona, quien sólo ansía tener contacto físico con un ser vivo que no sean sus gatos.


La presidenta cameral Jenniffer González no toca ningún pito con esta historia, pero pusimos su ventiúnica foto de archivo por eso de no perder la costumbre

“El otro día tuve que hacerle un ‘groin pat-down‘ a un don ahí”, contó Samuel Goggins, agente de la TSA en el aeropuerto de Chicago, “y lo primero que me pidió fue que le buscara a una agente mujer para que lo palpara. Cuando le expliqué que el cateo tenía que ser efectuado por alguien del mismo sexo, él me respondió: ‘Ah, pues mete mano, m’ijo: ¡total, una mano es una mano!’. Yo no quiero tener que tocar a un viejo verde que se lo está gozando to’: ¡quiero ser yo quien incomoda a los pasajeros, no al revés!”.


“Sí, Mandingo”, murmuró concupiscentemente este viejito verde, “empieza por el tobillo si quieres, pero síguelo por ahí pa’rriba hasta que yo te diga que pares”

Goggins también se quejó de que su trabajo lo obliga frecuentemente a “investigar las comisuras húmedas de gordas sudá’s quienes sólo saben usar Spandex y por otro lado no saben qué es Odorono. ¡Yo tengo un derecho constitucional de no estar haciéndole favores a bellaquitos malos o de estar tocando gente que me asquea, y siento que lo que mi posición en la TSA me obliga a hacer a diario es una clara violación a mis derechos!”, declaró el agente sin una pizca de ironía mientras se disponía a palpar de arriba a abajo a una niña de siete años.


“¿Oyeron, chicas?”, exhortó Goggins. “¡Odorono sí responde, así que úsenlo, plis!”