Residencia Claus, Polo Norte – Luego de haber sido el símbolo pagano de la Navidad desde tiempo inmemorial, Santa Claus ha decidido cambiar de religión y convertirse al judaísmo, abandonando asimismo su rol de portador de regalos a todos los niños cristianos del mundo. Sin embargo, al intentar costear los regalos que le traería en vez a todos los niños judíos del mundo durante las ocho noches que dura Hanukkah, prontamente se dio cuenta de su paupérrima situación fiscal y ha tenido que presentarse ante el Congreso de los Estados Unidos para pedir ayuda económica.

Santa Claus (quien existe y es total y absolutamente real, ¿oyeron, niños?) tuvo su crisis religiosa a finales de noviembre, al leerse la Biblia de principio a fin y percatarse de que su nombre no aparece en el texto sagrado ni por los centros espiritistas. Luego de hablar con estudiosos de diferentes religiones, decidió convertirse al judaísmo: “Ya tengo la barba larga, así que lo de no tener que afeitarme está to’ plancha’o”, explicó Papá Noel (cuyo nombre será “Av Yitzak” cuando formalice su conversión). “Tampoco me gusta comer tocineta o mariscos, porque me sale carísimo importarlos al Polo Norte, ¿y quién necesita hacer gastos innecesarios? O sea que la transición al judaísmo será bastante sencilla después de todo… aunque bueno, todavía me falta hacer una cita con un moyl, en lo que será la parte más… dolorosa… del asunto. Oy vas mir!“, exclamó con rostro pálido el nuevo judío.


“Un bris no es lo mismo cuando se lo tienen que hacer a un viejo de cientos de años”, aseguró San Nicolás

Tomando con buen talante su nueva responsabilidad como proveedor de regalos para todos los niños judíos del planeta, Santa Claus comenzó a rehacer sus listas de niños buenos y malos (dado que en su lista original sólo se contemplaban los niños cristianos), y a hacer cálculos de todos los regalos que les tendría que llevar a éstos durante las ocho noches que duran las festividades de Hanukkah (las cuales comienzan el próximo domingo 21 de diciembre). Luego de explorar todas sus posibles fuentes económicas (el alquiler que le pagan los duendes que viven en el Polo Norte, los pagos de la franquicia de todo aquél que se quiera disfrazar de Santa Claus en un centro comercial, y el soborno pagado por políticos acusados de crímenes de corrupción), Papá Noel se percató de que se le haría imposible costear tanto regalo, y tuvo que buscar fuentes alternas de financiamiento.


“Estos duendes malapaga todavía me deben la renta de noviembre”, masculló molesto San Nicolás

“Como últimamente está todo el mundo yendo ante el Congreso estadounidense para pedir chavos“, razonó Santa Claus, “me dije que no tenía nada que perder, así que comparecí ante el Comité de Gente que le Pide Chavos al Congreso a presentar mi caso y pedir cien mil millones de dólares”. Durante las vistas públicas se le preguntó que, dado que él ahora era judío y no cristiano (como los Estados Unidos dicen serlo cuando les conviene), que por qué él no había ido al gobierno de Israel a pedir ayuda económica; él contestó que lo hizo, pero que “rápido empezaron a regatear conmigo y cuando vine a ver sólo me habían dado $50 y me habían espetado un pagaré de $200”. Un congresista también increpó a Papá Noel por tener el chutzpah de pedir dinero cuando él ni siquiera tiene que gastar nada en gasolina, dado que su trineo vuela a fuerza de renos mágicos, y el deponente contestó: “Si bien es cierto que mis renos vuelan a fuerza de magia, ¿de dónde creen ustedes que sale esa magia? ¡Se manufactura en fábricas radicadas en India, con maquinaria que corre usando gasolina y mano de obra tercermundista, y aun así cuesta un montón de gelt!”. El comité, no convencido por el caso presentado por Santa Claus, le dijo que no y le dio una patada en el tuches.


Santa malgastando magia de reno en su viaje hasta D.C.

La decisión negativa del Congreso de otorgarle los fondos que pedía San Nicolás ha entristecido a millones de niños judíos alrededor del mundo, quienes estaban esperanzados por primera vez de “no recibir, como de costumbre, un regalo decente el primer día de Hanukkah, seguido por siete días de regalos charros: ¡este Av Yitzak parece que era todo un mensch que planeaba darnos ocho regalos buenos, y ahora nos van a tocar los mismos malditos dreidels de siempre!”, exclamó un niño judío, visiblemente verklempt. Igualmente de decepcionados están los niños cristianos, quienes se quejaron diciendo: “¿Para qué nos jodimos este año siendo buenos, para que este viejo barrigón y hereje se cruzara al otro bando y nos dejara pullú’s a to’s? Digo, no que pensáramos que Santa Claus fuera tan cristiano, a decir verdad (o sea, ¿¡a quién se le ocurre trabajar el día de Navidad!?), ¡pero después que nos traiga los juguetes que se supone que nos dé, allá él con sus creencias religiosas!”.


Éstos son los dreidels que le esperan a los niños judíos este año, como de costumbre

Sintiendo la tristeza de sus queridos hijos, Jesús se le apareció a los niños cristianos para consolarlos, diciéndoles: “No os preocupéis, hijos míos, que el sentido de la Navidad trasciende mi nacimiento y el intercambio de obsequios, y vive dentro de todo aquél que muestra amor por su prójimo sin importar quién sea”. Mirándolo embelesado, uno de los niños le preguntó: “¿Y tú quién demontres eres? Yo no te reconozco”. El Redentor le contestó compasivamente: “Hijo mío, yo soy por quien se celebra la Navidad: soy Jesús”, a lo que el niño respondió extrañado: “¿Quién? ¿Chuíto? ¿El que le hace el patio a Mami? Oye, ¿y no te da calor haciendo patios con esa barba tan larga y esa batola?”, mientras Jesús sigilosamente ponía el nombre del muchacho en la lista de los “niños malos”.