El Bronx, Nueva York – Bill O’Reilly, el comentarista político ultra-conservador de la cadena Fox News, en su nuevo afán de aprender sobre todas demás culturas, visitó un restaurante puertorriqueño en el Bronx, y para su sorpresa no encontró “el despingue cabrón” que éste se esperaba. La chispa que encendió su ímpetu de expandir sus horizontes multiculturales fue su reciente visita al restaurante Sylvia’s en la comunidad afroamericana de Harlem, donde aprendió que “no había una sola persona gritando ‘¡Hijo de p—, quiero más té!'”, y sorprendiéndose del hecho que “no hay diferencia entre Sylvia’s y cualquier otro restaurante en la ciudad de Nueva York”.


“¡Miren cómo ese negrito está caminando de lo más tranquilo al frente de Sylvia’s, sin asaltar a nadie!”, exclamó O’Reilly asombrado; “Si es que te digo, ese restaurante como que tranquiliza a los negros”

O’Reilly contó que decidió ir al restaurante “La Casa Del Jíbaro” en el Bronx (de incógnito, para que nadie lo reconociera por su avasalladora fama y se armara un salpafuera) para así poder “degustar cómo se desenvuelve la comunidad puertorriqueña que ha infectado la ciudad de Nueva York”. Su dueño, Federico “Fico” Ramírez, ha sido el dueño del restaurante por varias décadas, y su establecimiento figura frecuentemente entre los restaurantes más cotizados de la ciudad. Sin embargo, esto no evitó que O’Reilly se maravillara que el local se encontrara abierto un sábado a las ocho de la noche: “Figúrense…. ¡puertorriqueños trabajando a las ocho de la noche! ¿Ésa no es hora ya de que estén por ahí, merodeando el barrio para ver a qué jovencita pueden impregnar con su futuro bebé de welfare?”


El erudito y conocido degustador cultural Bill O’Reilly, luciendo un traje negro “en señal de solidaridad con mis hermanos afroamericanos: what up, bitchazz?

La expedición culinaria del comentarista tuvo un comienzo incierto dado que a éste no se le hizo fácil hallar el establecimiento, por estar buscándolo entre las copas de los árboles de la ciudad: “¡Esta gente ya ha aprendido a no vivir en los árboles como sus parientes simios y saben usar materiales como el ladrillo y el cemento para construir sus viviendas: ¡muy avanzados, diría yo!” Al entrar al restaurante, igualmente se maravilló del tipo de vestimenta de los empleados, loándolos por “haber desechado su taparrabo tradicional, y haber optado por algo más decoroso como la ropa blanca americana” (aunque luego se fijó que muchas meseras usaban ropa de marca, lo que él encontró excesivo porque “la mona, aunque se vista de seda, mona se queda”).


El restaurante “La Casa Del Jíbaro”, el cual, para la sorpresa de O’Reilly, no estaba en la copa de un árbol

Al llegar el momento de hablar con el mesero, O’Reilly lo encontró más fácil de lo que había supuesto, pensando que tendría que hablar inglés lentamente y alzando la voz, gesticulando teatralmente para poder ser entendido: “El mesero habló mi idioma de lo más bien, aunque claramente con un poco de acento arrabalero: si pueden hablar inglés, ¿entonces por qué tenemos que aguantar canales en español como Univisión? Ya veo que es pura changuería de ellos, porque acabo de confirmar que ellos también saben hablar blanco”.

Aunque lo que ordenó O’Reilly constó simplemente de una hamburguesa con papas fritas (“No sabía qué era la mitad de las cosas en ese menú, y yo no estoy en las de comer carne de perro o huevos de toro”), no pudo evitar notar con beneplácito cómo en las mesas se usaban vasos “en vez de crudas escudillas hechas de algún tipo de coco ahuecado”, y cómo los otros clientes usaban utensilios para comer, en vez de sus manos; “Lo que es más”, señaló, “¡estos cuchillos ni parecen haber sido utilizados para darle una puñalada a alguien! También tengo que observar que no presencié ninguna pelea de navajas estilo ‘Beat It’ ni escuché a ninguna mujer siendo violada en la parte de atrás; y, al igual que mis nuevos amigos afroamericanos, aquí no había nadie gritando: ‘¡Quiero más maví, mamabicho!'”.


“¿Ven lo poco descojonado que está este local?”, demostró O’Reilly; “Es como un restaurante normal, pero con más gente marrón y posiblemente indocumentada”

Sin embargo, la incursión cultural no careció del todo de matices negativos, dado que al salir del restaurante par de cacos asaltaron a O’Reilly, completando así perfectamente la “experiencia puertorriqueña”.